Fue La Pedriza, en la Sierra del Guadarrama,
su punto de partida. Y "vikingos", el grupo que formó con sus amigos de
escalada. Eran tiempos tan escasos de recursos económicos, como cargados en
compañerismo. Años intensos de actividad que definieron su carácter y filosofía de vida.
A continuación vendría
Pirineos, los Alpes, y con ellos la fotografía. Escalar era entonces una carrera
de obstáculos, un fin en sí mismo. Hoy a su manera ve una roca, un
glaciar o un desierto y piensa que adentrarse en ellos es formar parte de un
"instante prestado" en el tiempo. Algo así como un privilegio que la
naturaleza nos permite compartir o no.
Participar a los demás de esos momentos es por defecto una
obligación. Así la cámara se transforma en "el instrumento" por
excelencia, y el escalador va dando paso al fotógrafo, al cronista, al simple
caminante...
En La Pedriza
conoció a Marilú. El mundo de la imagen ya era parte de sus
vidas, y lo es hoy con la misma vigencia y una familia ampliada. Su primer hijo
creció entre cámaras, ampliadoras y viajes. El más pequeño prefiere las
imágenes a las palabras.
Autodidacta, sus fotografías son
frescas y técnicamente impecables . Son trabajos que estimulan los
sentidos. Que nos recuerdan una y otra vez cuanta diversidad y belleza hay en la
naturaleza que nos rodea. Son en otras palabras un viaje a través del
espacio y del color, que mantiene
la rigurosa perspectiva del tiempo. Hacer este viaje en armonía con la Naturaleza, y
respetando los valores éticos que hacen posible su conservación se convierte en
todo un reto. Y su "motu proprio".
Parte de sus trabajos en colaboración con Marilú,
su pareja y compañera
en esta increíble aventura que es la vida, han sido colgados en diversas
ciudades del mundo.